jueves, 14 de agosto de 2014

Llamadas que no llegan


Acabé de pasar mi última noche allí, ahora podía ir a otra ciudad y solicitar una plaza en otro albergue o volver a dormir en la calle. Me quedaban 50€ en el bolsillo, unas botas, un saco de dormir, dos jerseys, dos pantalones, calcetines y ropa interior, además de un neceser de aseo, mi ordenador, que mantenía siempre oculto a los ojos de los demás y sólo sacaba en la biblioteca, y un maldito teléfono móvil de prepago que nunca sonaba, y cuyo saldo para hacer llamadas era de dos euros.